David Nebreda de Nicolás (Madrid, 1 de agosto de 1952) es el más claro ejemplo de que vida y arte pueden unirse hasta el punto de confundirse entre sí. Licenciado en Bellas Artes pero completamente autodidacta en la fotografía, la obra de David Nebreda es tan desgarrada, dolorosa e insólita como lo es su propia vida.

Diagnosticado de esquizofrenia a los diecinueve años y sin haber recibido jamás ningún tipo de tratamiento para su enfermedad, vive desde entonces completamente solo, aislado del mundo real. Nadie sabe exactamente dónde vive, no tiene televisión, ni libros, ni lee la prensa. Practica la abstinencia sexual, el vegetarianismo más estricto y se somete a prolongados ayunos que le dan el aspecto de un esqueleto humano.

Vive exclusivamente para retratar su cuerpo, sus automutilaciones, su delgadez extrema. Para él, su dolor es su arte, su manera de mostrarse al mundo, su única vía de escape.

Su obra (fotografías y dibujos, a veces escritos con sangre y excrementos) poseen un trasfondo poético casi hermoso, una visión de la vida humana y del dolor como nunca antes se ha visto. La perspectiva de la belleza adquiere nuevos significados con su trabajo.

Su obra y su persona son mucho más conocidas fuera de España. En Francia se han publicado ya dos libros de sus fotografías y dibujos. El prestigioso galerista Renos Xippas organizó una exposición de David Nebreda en su galería de París y fue entonces cuando su obra despertó un enorme interés entre la crítica y el público.

Leo Scheer fue una de las primeras personas que supo ver en las fotografías de David Nebreda el enorme potencial de su talento fotográfico y decidió convertirse en su editor. Es gracias a Scheer que Nebreda se haya convertido en un referente dentro de la fotografía underground española. Un referente distinto, no a lo que nos tienen acostumbrados las galerías de arte y los libros de fotografía pero sin duda, un referente único, auténtico y directo.

En el año 2002 se edita en España el libro de fotografías de David Nebreda “Autorretratos”, retrospectiva de su obra desde 1983 hasta 1999. El libro contiene además de numerosas y bellísimas fotografías, una selección del propio artista de sus dibujos, una entrevista (la única que existe) y dos magníficos reportajes a cargo de Javier Panera y Juan Antonio Ramírez.

Para comprender y valorar la obra de David Nebreda hay que ir mucho más allá de la herida, la sangre o el excremento. Él retrata la vulnerabilidad humana, la belleza de la fragilidad, de la soledad. De todas aquellas cosas que nos hacen aún más humanos pero de las que solemos huir o mirar hacia otro lado cuando nos lo ponen delante.

No se ha vuelto a saber nada de él desde hace ya muchos años. Esperemos que su obra tenga continuidad y que decida hacernos partícipe de un nuevo ciclo donde nos siga sorprendiendo y humanizando con su particular visión del cuerpo humano como lienzo vivo.


Dicen que la genialidad no es tal o no es digna de ser calificada como don o facultad divina si no viene acompañada de la locura. La familia Panero es el ejemplo más conciso e insólito de que genio y locura han de aunarse para conformar una vida y obra de carácter casi impecable, casi redonda, casi brillante.

Y si no es brillante del todo es porque en ningún caso se puede palpar la esencia de la palabra y la poesía desde la luz, siempre ha de ser desde las sombras más recónditas y crueles del propio subconsciente humano.

El director Jaime Chávarri acertó de pleno rodando este documental mítico, esta joya repleta de impurezas salvajes donde los Panero no hacen otra cosa que actuar como ellos mismos eran frente a una cámara privilegiada que captó toda la esencia de un núcleo familiar maldito y felizmente consciente de ello.

Jamás se habrá visto o se podrá ver con una sinceridad tan arrolladora y aplastante, unas reflexiones tan directas y mordaces, tan geniales y agresivas. Los Panero utilizan su palabra para atacar la hipocresía del régimen, de la familia, de las clases sociales y de la esclavitud que supone cargar con dones que pesan como losas.

Es extraordinario observar cómo la esposa del denominado poeta del franquismo recuerda y analiza una vida no demasiado feliz desde una perspectiva tan optimista y llena de ese amor tan puro que resulta tremendamente impactante conforme refresca su memoria a través de retazos que rompen el corazón del espectador no se sabe si de ternura o de pura lástima.

Sus hijos son los que realmente se comen el documental a dentalladas de visceralidad y genio, especialmente Leopoldo María, que a pesar de intervenir prácticamente en el desenlace del film eclipsa desde la ausencia al padre, a la madre, a sus hermanos y a un pasado común y lleno de recovecos extraños.

El Desencanto es mucho más que un documental al uso, es un trabajo de sinceridad arrolladora, una película de un terror tan real y descarnado que duele incluso después de haber finalizado la desnudez de la palabra de la familia Panero.  Es casi un insulto intentar desglosar o explicar el contenido de esta obra, es de obligado visionado para cualquier espectador que quiera vivir una experiencia diferente y que deja huella.

Desencanto… nunca una palabra tuvo tantísimo sentido, es el sentimiento que se aloja en el corazón de todo aquel que se arriesga a cruzar las puertas de los Panero. Unas puertas que se cerrarán tras nuestras espaldas para siempre dejando un poco de nuestro optimismo falso y costumbrista en su interior. Y el desencanto siempre será mejor porque es más palpable y real que cualquier otro sentimiento.


A medida que echamos la vista hacia atrás por encontrar en internet viejas películas que vimos de niños, a veces tenemos la suerte de toparnos con películas que teníamos enterradas en la memoria. Películas que quizás su título no nos diga gran cosa, pero que si buscamos información de ellas y de repente vemos su portada… es entonces cuando sucede la magia. Es en ese momento cuando sentimos ese leve escalofrío que nos recorre el cuerpo al sentirnos transportados muchos años atrás, cuando teníamos la suerte de ser impresionables. Conversaciones con amigos y amantes del género también nos ayudan a recordar, y de esa unión surgen viejas/nuevas carátulas para recrearnos de nuevo en el pasado, en esos pasillos llenos de magia de cine de terror. Y gracias a esos factores me encuentro de nuevo compartiendo esas malditas carátulas.

Esta carátula en concreto es una de las que más recuerdo, es extraño que se me hubiese pasado en los dos anteriores posts donde abordaba este tema. Muchísimos años antes de “Indepence Day”, “Stargate” y otras películas igualmente olvidables y palomiteras, Roland Emmerich dirigió esta película de terror infantil donde un niño que se comunicaba con el espíritu de su padre por un teléfono de juguete, era acosado por un muñeco de ventrilocuo poseído por el alma de su malvado dueño.

Como pasaba con otras películas de antaño, eran las frases promocionales y el diseño de la fotografía de su portada lo que realmente nos daba miedo. Vista recientemente, esta película aún conserva incluso para el espectador adulto, ese aura de ambiente malsano que rodea la vida de un niño agobiado por peligros sobrenaturales que sólo el cine es capaz de hacernos plantear por muy disparatado e irreal que nos resulte su argumento.

Parece mentira que tan sólo con un teléfono de juguete y un muñeco con aspecto tenebroso nos pudieran impactar de tal manera tantos años atrás.

La película “Cumpleaños sangriento” nos contaba la historia de tres niños nacidos durante el transcurso de un eclipse total de sol. Bajo este argumento tan ridículo, debíamos entender que las tres criaturas desarrollasen un instinto para el asesinato como pocas veces hemos visto en el cine de serie B de los ochenta. A pesar del título, no hay en la película ningún cumpleaños sangriento. De nuevo su carátula extraña y morbosa no era más que otro reclamo para alquilar la película y fascinarnos por la maldad sin límites de los tres niños asesinos. A mí no me importaba que no hubiese tal cumpleaños sangriento, había dado el paso de alquilarla y dejarme llevar por ese miedo inicial que por desgracia en esta película no se confirmaba con un terror global cuando finalizaba el film.

Había ocasiones en las que la carátula era tan impactante, tan elaborada y tan terrorífica que podía impresionar desde el niño más inocente hasta al adulto más serio. Este era el caso de la particular visión de Caperucita Roja que Neil Jordan llevó a cabo bajo el título “En compañía de lobos”.

Aún no siendo una película de terror (es más bien una fábula de cuento infantil para adultos) su portada era de las más brillantes y terroríficas que jamás vi en los pasillos del videoclub. Y si a esto añadimos que la película era también una obra tan bien realizada y ejecutada es entonces cuando nos damos cuenta que esta era una de esas películas que se diferenciaban de las demás, no era sólo una carátula de terror. Detrás de eso se encontraba una obra de arte original y sobresaliente.

Hoy en día, Neil Jordan es uno de esos directores que aún habiendo dirigido alguna que otra obra irregular, sigue siendo uno de los grandes del cine europeo que tiene aún mucho por mostrarnos.

Y que decir de la que se convirtió en una de las películas clave de la historia del cine de terror unificando el gore más salvaje con elementos de ciencias ocultas y demonios con aspecto de sadomasoquistas. “Hellraiser”, obra maestra del terror ochentero creado por Clive Barker, lo tenía todo para transformarse en un clásico del subgénero de forma casi instantánea.

Original, brutal y con elementos de humor negro “Hellraiser” nos ofrecía también una carátula que aunque sencilla, resultaba terriblemente desagradable. Pinhead rodeado de cadenas, con su traje de cuero ajustado, su mueca de rabia y su caja-puzzle del infierno, ofreciéndonos la más terrible de las situaciones.

Desgraciadamente exprimieron el filón al máximo y convirtieron una obra de arte en una saga cada vez más mediocre y olvidable, caricaturizando el personaje de Pinhead y sus cenobitas en una parodia grotesca de lo que inicialmente fueron.

Si tuviese que escoger tan sólo una de sus continuaciones, elegiría la segunda “Hellbound” que lejos de estar a la altura de la original, resultaba bastante entretenida y respetuosa con su primera parte.

La distribuidora “Vestron Vídeo” hizo mucho por los jóvenes de los ochenta que amaban el cine de terror y la ciencia ficción. A ellos les debemos gran parte de los títulos que hoy en día recordamos como cutres, originales, divertidas y sangrientas.

Como fue el caso de “Kill Bots” conocida por la mayoría como “Robots Asesinos”. Esta película de casi serie Z nos presenta a tres robots de seguridad de última generación que un importante centro comercial ha adquirido para la seguridad de sus instalaciones. La primera noche tiene lugar una tormenta eléctrica que altera el funcionamiento de los robots, alterando sus directrices y convirténdolos en máquinas de matar.

Y es aquí donde de nuevo la carátula superaba con creces el metraje de la película; donde un brazo monstruoso y diseccionado carga en una bolsa de la compra los restos humanos de una víctima. La frase “Ir de compras ya nunca será igual”, resultaba a la vez divertido y terrorífico.

La película incluso se permitía el lujo de lanzar un alegato social acerca del consumismo excesivo y la proliferación de las grandes superficies.

“Pesadilla en Elm Street” es muy probablemente el caso más grave y obsceno de prostituir una obra maestra del cine de terror que jamás ha tenido lugar.

Este es uno de los pocos casos en los que la carátula se veía eclipsada por una película de terror original, única, violenta y memorable.

Recuerdo que cuando se estrenó en cines no se permitía la entrada a menores no acompañados (resulta increíble que hayamos vivido esas situaciones). Por aquel entonces yo tenía entre cinco y seis años y deseaba ver esta película con toda mi alma. Mi hermano tendría unos once años cuando tuvo la suerte de verla en el cine (acompañado por nuestra tía) y recuerdo como me contaba cada escena, cada muerte, cada pesadilla. Yo lo único que quería era que apareciese como novedad en el videoclub y admirar su carátula unos minutos antes de poder llevarla a casa y por fin sentirme parte de ese universo nuevo que desconocía (un asesino de jóvenes desfigurado con un guante en forma de garra y que resultaba imposible de destruir ya que te asesinaba en sueños).

Cuando llegó el gran día (que recuerdo como si fuese ahora) me veo leyendo mil veces las dos frases (¡dos!) que se podían leer en la carátula: “Si Nancy no consigue despertar inmediatamente, no despertará jamás” y ” Una cámara filma, por fin, el interior de una pesadilla”.

Ni que decir tiene que desde entonces “Pesadilla en Elm Street” es una de mis películas de terror favoritas de todos los tiempos. Cuando Freddy se llamaba en realidad Fred y provocaba cualquier cosa menos risas.

Y esta es una de esas carátulas que aún sin provocarme miedo, sí que me provocaba una terrible curiosidad. Por aquel entonces ya había visto “La noche de los muertos vivientes” y “Zombi” así que tuve la fortuna de poder disfrutar de la trilogía de George Romero en su orden cronológico.

El cine de zombis era uno de mis géneros favoritos y tenía la suerte de compartir con mi hermano esa pasión. De ese modo podíamos alquilar ambos una película de muertos vivientes cada uno.

Esta fue una de las películas que más veces alquilamos, no recuerdo exactamente cuantas veces fueron pero sin duda superaría la decena.

La carátula era bastante pobre en comparación con la película pero a mí me gustaban esas manos saliendo de la pared dispuestas a atrapar a la protagonista del film. Y esa cara descompuesta del zombi en la esquina inferior de la portada.

Yo tendría unos siete años la primera vez que la vi y fue entonces cuando descubrí que las heroínas podían ser tan duras o más que los héroes musculados y armados hasta los dientes. La actriz protagonista, Lori Cardille, sigue siendo a día de hoy mi heroína favorita del cine de terror y “El día de los muertos” sigue sin aburrirme por mucho que la siga viendo más de veinte años después.


El musical es un género que siempre ha estado presente en el mundo del cine. Hay cientos, miles de películas que han empleado la música como reclamo cómico o dramático para ampliar o reforzar la fuerza de su historia, de sus personajes, de su drama.

Muchas ellas serán siempre recordadas, como es el caso de West Side Story, Grease, The Rocky Horror Picture Show y tantísimas otras.

En este caso, nos referimos a una película musical que años antes de convertirse en celuloide, ya cosechó un grandioso éxito de crítica y público por lo original de su argumento y la belleza de sus canciones.

En el año 1998, John Cameron Mitchell sorprendió al público con la historia de Hedwig, un transexual de la República Democrática Alemana que tras una intervención mal realizada y un pasado romántico desastroso, decide formar un grupo de música en el que contar sus historias y sus desvaríos.

Tan sólo tres años más tarde (para entonces el musical ya se había transformado en una obra de culto con miles de fans) se decide a convertirse en largometraje. John Cameron Mitchell se encargaría de interpretar el papel protagonista, escribir el guión y asumir la dirección.

El resultado sorprendió incluso a los productores. El film unificaba con un estilo fresco y original el musical más inteligente con sólidas interpretaciones, pegadizas letras y un guión tan divertido como trágico. La película ganó en el festival de Sundance en 2001, el premio del público y el premio al mejor director.

En “Hedwig and The Angry Inch” conocemos a Hansel, un niño creativo y gran amante de la música que vive con su madre en la Alemania dividida. Tras encontrar a Luther, un soldado americano que se enamora de él, adopta el nombre de su madre y se somete a una intervención de cambio de sexo para poder casarse y huir a Estados Unidos.  La intervención es un fracaso y el resultado es una vagina inexistente y una pulgada de pene (a la que Hedwig se refiere como “angry inch”; pulgada enfadada).

Tiempo después es abandonada por Luther y es entonces cuando forma su grupo y convierte su drama y su búsqueda del amor en canciones con las que descargar los pormenores de su insólita historia. Pero tras conocer y enamorarse de Tommy Gnosis, todo se vuelve aún más trágico, ya que le roba sus canciones y se convierte en una super estrella de la música, dejando a Hedwig de lado.

Hedwig que se autoproclama “la internacionalmente desconocida”, persigue las giras de Tommy frustrada y resentida, incansable ante la búsqueda imposible del verdadero amor.

Con un estilo glam-rock potente y vibrante claramente influenciado (y mencionado en el film)  por artistas como Lou Reed, Iggy Pop o David Bowie, “Hedwig and The Angry Inch” es una película de obligado visionado no sólo para los amantes de los musicales, sino también para los amantes del buen cine. Ese cine que resulta ser a la vez irreverente, mordaz y sincero.

También los amantes de la música se verán arrastrados por las letras de Hedwig; rotundas, divertidas, directas y desgarradoras.

Por estos argumentos y muchísimos otros que reúne la película, se puede afirmar que este trabajo es uno de los más completos y enriquecedores que ha dado el séptimo arte en los últimos años.

La carta de El hijo de Sam

Publicado: 25 noviembre 2010 de trasho80 en Asesinos
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David Berkowitz, más conocido como el asesino del calibre 44 o El hijo de Sam, fue uno de los asesinos en serie más notorios de la crónica negra estadounidense.

Entre julio de 1976 y agosto de 1977, este hombre asesinó a disparos a seis personas e hirió a otras siete, manteniendo en jaque a la policía de Nueva York.

Tras ser arrestado, alegó haber asesinado siguiendo las órdenes homicidas a través de los ladridos del perro de su vecino, Samuel Carr.

Inventó otras historias similares relacionadas con el satanismo o extraños grupos ocultistas, pero la realidad era mucho más sencilla. Simplemente era algo que no podía ni quería evitar. Se trataba de un asesino en serie que disfrutaba con lo que hacía y que en ingún momento mostró ningún tipo de arrepentimiento.

En la actualidad se encuentra aún en la cárcel, tras haberse convertido al cristianismo más devoto, algo que suelen hacer este tipo de personajes para que este nuevo cambio espiritual les ayude en recursos de apelación o en libertad bajo palabra.

Uno de los aspectos más curiosos de esta historia, es el contacto que El hijo de Sam mantuvo con la policía a través de diversas cartas extrañas y repletas de mensajes satánicos que no hicieron más que acrecentar el pánico entre los ciudadanos de Nueva York.

La primera de ellas apareció muy cerca del lugar del crimen, a pocos metros del coche donde había realizado los disparos. Sus palabras, llenas de ira y confusión fueron publicadas en primera plana en todos los periódicos de la época:

 

Estimado capitán Joseph Borrelli:

Me ofende profundamente que en los periódicos me llamen enemigo de las mujeres, no lo soy. Pero soy un monstruo, un niño mimado, soy el Hijo de Sam.

A Sam le encanta beber sangre. Sal y mata, ordena el padre Sam. Detrás de nuestra casa descansan algunos, la mayoría jóvenes violadas y masacradas, su sangre derramada, ahora son sólo huesos.

Papá Sam me tiene encerrado en el desván. No puedo salir, pero miro a través de la ventana del desván y veo pasar a la gente. Me siento desplazado, yo soy muy distinto a los demás. Programado para matar.

Aunque para detenerme tendrán que matarme. Yo soy el monstruo, Belcebú, el monstruo gordinflón.

Me encanta cazar, rondar por las calles buscando blancos legítimos, debe ser por el agua que beben.

Yo vivo para la caza, me da vida. Sangre para papá.

Señor, yo no quiero seguir matando, no señor, nunca más; pero debo honrar a mi padre.

Quiero hacerle el amor al mundo, amo a la gente, no debería estar en este mundo. Devuélvanme a Yahvé.

Quisiera desearles una feliz navidad a todos. Que Dios les bendiga en este vida y en la próxima. Y por ahora me despido y les deseo buenas noches.

Policía, permitanme que les atormente con estas palabras:

¡Volveré!

¡Volveré!

Que pueden interpretar como: Bang, bang, bang, bang, bang-ugh!!!!!

Suyo en el asesinato.

Señor Monstruo.