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William S. Burroughs es sin duda uno de los máximos exponentes de la historia de la literatura norteamericana. La calidad de sus obras es incuestionable y su estilo de vida podría definirse como insólita.

Me gustaría centrarme en un hecho que sin duda marcó su vida y obra que tuvo lugar en México, en el año 1948.

Para entonces William Burroughs estaba casado con Joan Vollmer y tenían dos hijos.

Ambos se habían conocido en Nueva York y vivían con Jack Kerouac y la novia de éste en un pequeño apartamento donde pasaban los días escribiendo, leyendo y consumiendo drogas.

Tras un delito por tráfico de marihuana, Burroughs y Joan huyen a México llevándose a sus dos hijos con ellos escapando de la justicia americana.

Una noche, en un bar de México, estando ambos muy borrachos y drogados (Joan era adicta a las anfetas y Burroughs a la heroína) emularon la historia de Guillermo Tell delante de unos amigos.

Burroughs era un gran amante de las armas de fuego, especialmente de los revólveres; Joan colocó un vaso sobre su cabeza y Burroughs disparó errando el tiro y matándola en el acto.

Fue detenido y juzgado, pero huyó del país gracias a la ayuda de sus padres.

Luego viajaría a otros países como Panamá, Colombia y su amada Tánger.

Su obra se volvió más fructífera desde entonces y citaba a su mujer con frecuencia en varios de sus libros. Aún así se enamoró muchas veces más, hombres en su gran mayoría, y fue adicto a las drogas hasta el fin de sus días.

Aunque se desvinculó de la generación beat, su nombre siempre estará relacionado con Kerouac o Ginsberg. Esos genios malditos que vivían al límite y disfrutaban de la vida en desiertas carreteras o en moteles baratos.

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El adiós de Kurt

Publicado: 21 enero 2010 de peppermintfrappe en Música
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Para Boddah:
Hablando como el simplón experimentado que obviamente preferiría ser un castrado, quejica infantil. Esta nota debería ser muy fácil de entender.

Todas las advertencias que me enseñaron en los cursos de Punk-Rock 101 a lo largo de los años, desde mi primer contacto con la -digamos- ética implicada en la independencia y la vinculación con mi entorno, han demostrado ser muy ciertas. Desde hace ya muchos años, no he sentido la emoción de escuchar ni crear música, ni tampoco leyendo o escribiendo. Mas allá de la palabras sobre este tema, me siento culpable.

Por ejemplo, cuando estamos entre bastidores y se apagan las luces y el maníaco rugido de las multitudes comienza a escucharse, no me afecta de la forma en que afectaba a Freddy Mercury, a quien parecía encantarle y saborear que el público le amase y adorase (lo cual admiro y envidio totalmente). El hecho es que no os puedo engañar, a ninguno de vosotros. Simplemente no es justo ni para vosotros ni para mí. El peor crimen que puedo imaginar seria engañar a la gente simulándolo y fingiendo que me estoy divirtiendo al cien por cien. A veces siento como si debiera haber marcado en el reloj de fichar antes de salir del escenario. He intentado todo lo que estaba en mi mano para valorarlo (y sigo intentándolo, Señor, créeme que lo hago, pero no es suficiente). Aprecio el hecho de que hayamos influenciado y entretenido a mucha gente. Debo ser uno de esos narcisistas que sólo aprecian las cosas cuando ya han pasado. Soy demasiado sensible. Necesito estar un poco colocado para recuperar el entusiasmo que una vez tuve cuando era un niño.

En estas tres últimas giras, he apreciado mucho más a toda la gente a la que he conocido personalmente, y como admiradores de nuestra música, pero aun no puedo superar la frustración, la culpa y la empatía que siento hacia todos ellos. Hay bondad en todos nosotros, y creo que simplemente amo demasiado a la gente, tanto que eso me hace sentir jodidamente triste. El típico Piscis un poco triste, sensible, desagradecido. ¡Dios mío! ¿Por qué simplemente no lo disfrutas? ¡No lo sé!

Tengo una mujer divina que exuda ambición y comprensión, y una hija que me recuerda mucho a como yo fui: llena de amor y de alegría, que besa a todo al que conoce porque para ella todo el mundo es bueno y no le harán daño. Y eso me aterroriza hasta el punto de que prácticamente me paraliza. No puedo soportar la idea de que Frances se convierta en el miserable, autodestructivo y siniestro rockero en que me he convertido yo.

Me va bien, muy bien, y estoy agradecido, pero desde los siete años odio a la gente en general… Sólo porque a la gente parece resultarle fácil apañárselas para sentir empatía. Sólo porque amo y me compadezco demasiado de la gente, supongo.

Gracias a todos desde lo más profundo de mi ardiente y nauseabundo estómago por vuestras cartas y vuestro interés durante los últimos años. Soy una criatura demasiado voluble y lunática. Se me ha acabado la pasión y, según recuerdo, es mejor quemarse que desvanecerse lentamente.

Paz, amor y comprensión.
Kurt Cobain
Frances y Courtney, estaré en vuestro altar.
Por favor, Courtney, sigue adelante.
Por Frances.
Por su vida, la cual será mucho más feliz sin mí.
¡Os quiero! ¡Os quiero!

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“Little Bastard”, el coche maldito de James Dean

Publicado: 21 enero 2010 de peppermintfrappe en Cine
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El 21 de Septiembre de 1955, James Dean compró el coche con el que moriría y se convertiría en una leyenda. Un Porsche Spyder 550 al que llevó a un taller donde pintaron el número de competición 130 y el nombre que Dean había dispuesto para su nuevo coche: “Little Bastard”.

El día 30 de ese mes, James Dean junto a su mecánico Rolf Weutherich, su amigo Bill Hickman y el fotógrafo Sandford Roth se dirigieron a Salinas para hacer un reportaje sobre la carrera.

El mecánico y el fotógrafo seguían el Porsche de James Dean que viajaba con su amigo Bill de copiloto.

Casi a las seis de la tarde, en la intersección de la Ruta 466 con la 41 en Cholame apareció un Ford Tudor conducido por Donald Turnupseed, un joven de veintitrés años.
El Ford giró a la izquierda para coger la intersección, Dean creyó que le vería acercarse y disminuiría la velocidad o la aumentaría para quitarse de en medio. En lugar de esto, el Ford se quedó en mitad de la calzada bloqueando el camino de James Dean.

El golpe fue brutal, el Porsche salió despedido y lanzado contra un poste.

James Dean murió instantáneamente por rotura de cuello y otras lesiones internas, su acompañante se rompió el cráneo y se partió una pierna y Donald, el conductor del Ford solo se había roto la nariz.

Pero como si la desgracia y la muerte se hubiesen quedado grabados en la carrocería de “Little Bastard”, otros acontecimientos extraños tuvieron lugar con los restos del Porsche.

Algún tiempo después, el dueño del taller y quien había pintado el nombre del coche de James Dean adquirió los restos de “Little Bastard” para vender las piezas que se habían salvado.
Cuando llevaron el coche a su taller, el coche resbaló de la grúa que lo transportaba cayendo sobre un mecánico rompiéndole las dos piernas.

Pudieron salvar el motor, la transmisión y las llantas.
El motor y la transmisión se vendieron a dos médicos amantes de las carreras de Beverly Hills, Troy McHenry y William Eschrid.

El doctor McHenry murió al estrellarse contra un árbol y el doctor Eschrid sufrió un grave accidente del que se libró por muy poco.

Un neoyorkino compró dos llantas que instaló en su coche y que reventaron mientras conducía sufriendo un accidente.

Pero la maldición de “Little Bastard” aún no había terminado.

Dos ladrones se colaron en el taller donde se guardaba el coche para sustraer algunas piezas y venderlas. Uno de ellos se destrozó el brazo mientras intentaba robar el volante y el otro también se hirió de gravedad mientras intentaba arrancar el asiento manchado de sangre de Dean.
La Patrulla de carreteras de California adquirió de forma temporal a “Little Bastard” para una exposición itinerante de seguridad vial.

En una de esas exhibiciones, el garaje donde se encontraba el Porsche ardió en llamas, devorando a todos los coches que había allí…excepto a “Little Bastard”.

A los dos años de la muerte de James Dean, en una de esas exhibiciones, el Porsche se cayó de donde estaba colocado rompiendo la cadera de un espectador.

Tiempo después, en una nueva exhibición que tendría lugar en Salinas (lugar donde murió Dean) el camión que transportaba a “Little Bastard” sufrió un accidente al colisionar con otro vehículo, lanzando despedido al conductor por el parabrisas, pero el Porsche resbaló y le cayó encima, matándolo.

El coche de James Dean causó aun más accidentes hasta que un día en mitad de una exposición se desintegró sin ninguna causa.

Se salvaron once piezas que el dueño del taller mandó guardar en once cajas para que se lo enviasen de vuelta a Los Ángeles.

Y las cajas nunca llegaron. Nunca se supo que fue de esos restos del coche maldito de James Dean.

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Garganta profunda y Linda Lovelace

Publicado: 20 enero 2010 de peppermintfrappe en Cine
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Linda Lovelace nació en Nueva York, en el año 1949. A finales de los años sesenta se casa con Chuck Traynor que la inicia en el mundo del porno clandestino.

Tras múltiples apariciones en películas de este tipo alcanza la notoriedad por la que pasó a la historia del cine con “Garganta Profunda” del director Gerard Damiano.

En ella Linda Lovelace se interpreta a sí misma como una mujer incapaz de llegar al orgasmo hasta que su médico descubre que su clítoris se encuentra alojado en su garganta.

La película se llegó a estrenar en salas comerciales, no solo en salas X lo que propició una avalancha de quejas y manifestaciones por parte de grupos moralistas.

Las autoridades intentaron sin éxito (dada la presión de grupos a favor de la película respaldada por actores muy reconocidos de la época como por ejemplo Jack Nicholson y Warren Beatty)  prohibir la difusión de la película, pero todo esto sirvió para darle mas publicidad.

Las colas al cine donde se proyectaba daban la vuelta a las calles, apareció una fotografía en la prensa donde Jackie Kennedy salía de ver el film intentando ocultar su identidad.

La popularidad de Linda Lovelace subió como la espuma, participó en otras películas X con bastante menos gracia con la que se dio a conocer e intentó (sin éxito) participar en películas no pornográficas.

Tiempo después escribió un libro donde renegaba de su pasado como actriz porno y acusaba al que había sido su marido y descubridor Chuck Traynor como un maltratador que la obligaba a trabajar en el cine para adultos a punta de pistola.

Se convirtió en una  feminista radical visitando diversos programas de televisión criticando el cine pornográfico y desvelando secretos de su pasado relacionados con este mundo donde llegó a confesar haber ejercido la prostitución a la fuerza.

El 22 de Abril de 2002 moría en un accidente de coche en Colorado. Pero su leyenda como estrella del cine, protagonista del film de un nuevo sub-género denominado “Porno Chic” e incluso que en  el escándalo Watergate se utilizara el título de la película, la convirtieron en un exponente y referencia constante no solo en el mundo del cine X sino en la cultura popular que perdura hasta el día de hoy.

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John Waters: ODORAMA

Publicado: 20 enero 2010 de peppermintfrappe en Cine
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En el año 1981 John Waters rueda “Polyester” donde se aleja de su estilo guarro y underground para rodar una película que casi se podría considerar “para toda la familia”.
Y si decimos casi, es porque aún conservando su toque personal gamberro y desenfadado (un padre adicto a la pornografía, su hijo es yonki y su hija una ninfómana…) no recurre a imágenes escabrosas o a secuencias solo para adultos.

Muchos fans de Waters se sintieron decepcionados con este film, pero el Príncipe del Vómito aun podía sorprendernos. Y la sorpresa que se guardaba para este film fue el ODORAMA.

Un sistema único, el ODORAMA era una tarjeta que se entregaba a la entrada del cine, llena de numeritos que debían rascarse en el instante en que el número correspondiente aparecía en la pantalla.

De este modo olías en la tarjeta lo mismo que los personajes en la película, pero claro, siendo una obra de Waters los olores eran de pedos, comida podrida, mierda…

Y a partir de entonces llegó el punto de inflexión para John Waters, ya que los grandes estudios se apoderaron de su carrera, no ha perdido la irreverencia, sigue siendo el que siempre fue, pero echamos de menos la libertad con la que nos golpeaba y nos escupía nuestro vulgar conformismo.

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