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Alicia dentro de mí

Publicado: 16 enero 2010 de peppermintfrappe en Relatos
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Cuando se le pregunta a cualquier persona que haría si fuese millonaria responden que quieren una gran casa, un coche último modelo, un viaje alrededor del mundo…

En mi caso, hubiese existido Alicia o no en mi vida, no querría nada de eso, huiría de todos esos tópicos de nuevos ricos para embarcarme en algo mas apasionante.

No diré como llegó ese dinero a mis manos, solo puedo decir que fue de una forma totalmente honesta, y que yo estaba seguro que algún día me pasaría algo así para poder llevar a cabo ese plan que llevaba años estudiando.

La última vez que vi a Alicia fue hace unos cinco años, ella estaba sentada en unos escalones de piedra y nuestras miradas se encontraron.

Y eso fue todo, ahí acabó todo.

Cada semana me pasaba por el mismo lugar para seguir viéndola sentada en esos escalones, mirándome a los ojos. Y la veía, no la veía de una manera romántica o metafórica, realmente la veía, ella seguía allí.

Aun teniendo dinero es difícil conseguir los dibujos que hizo en el pasado una niña que ahora debe rondar los treinta años o esa ropa que ahora tenía alguna amiga suya.

Y la cuna del nido en la que la dejaron nada mas nacer, y un premio de poesía que ganó en el instituto, etcétera…

Me llevó alrededor de un año y medio encontrar todo lo que existía porque ella existió, esas pruebas físicas que demostraban que no fue un sueño, que Alicia estuvo aquí, que la persona que me miró a los ojos era real.

Me había comprado un pequeño estudio en el centro de la ciudad, no muy grande pero lo suficiente para poder albergar todo aquello que tanto trabajo y dinero me había costado conseguir.

Fotos, dibujos de su infancia, algún boletín de notas, deberes que ya amarilleaban por el paso de los años…

Allí quería yo vivir, en ese pequeño estudio que no era otra cosa que el santuario de Alicia con toda su magia, con su letra infantil y sus muñequitos de plastilina.

Pasaron los meses y yo pocas veces salía a  la calle, me quedaba sentado en el suelo, acariciando todo lo que ella había creado, sintiéndome dichoso de poder tocar algo que ella tocó antes, porque yo estoy seguro de que las huellas dactilares de Alicia son indelebles.

A veces me ponía su ropa, había conseguido un traje suyo y unas camisas así como dos barras de labios que también usaba cuando me ponía su vestido.

Me miraba al espejo con su vestido puesto y con mis labios llenos de su carmín, de sus labios.

Y abrazaba mi propio cuerpo con todas mis fuerzas, como si ambos fuésemos uno.

Esas pocas veces en las que salía a la calle compraba su comida favorita y la devoraba con ansia, compraba los libros que a ella le habían marcado y los leía una y otra vez.

Mis ojos estaban cada vez peor, me pasaba demasiado tiempo acariciándolos porque en ellos alguna vez estuvo su reflejo y en mis ojos había una escalera eterna y Alicia también eterna sentada allí.

Observar sus cosas no me hacía sentir del todo completo, yo quería ser ella, quería sentir por ella y vivir por ella.

Fue entonces cuando empecé a comerme sus cosas; su traje, sus barras de labios, sus muñequitos de plastilina y sus deberes.

Mientras lloraba de manera incontrolada siendo consciente de que ese era el máximo acercamiento que conseguiría,  todo lo que tragaba me hacía daño, notaba como el papel rasgaba mi garganta, como el algodón de sus camisas se me acumulaba en la tráquea.

Alicia me estaba matando, me poseía con fiereza con las pocas pruebas de su paso por este mundo, su posesión era física y aunque alentada por mí, ella era la causante y morir por Alicia era el más bello final que se me podía ocurrir.

Débil, roto y herido continué devorando a Alicia, lamía mi propia piel que a esas alturas era más su piel que la mía propia.

Amé a cada hombre que la había amado a ella, repetía los nombres de los que conocía sin cesar.

Por la noche, en medio de la oscuridad y del mayor de los silencios venían a mis oídos las canciones que ella amaba y yo cantaba a la vez sabiendo que la única música que en realidad sonaba en mitad de la noche era la de mi propia voz.

Desconozco cuanto tiempo viví en esa condición, sé que fue bastante tiempo y que un día yo ya no estaba allí.

Estaba sentado en aquellas escaleras, pero ella no estaba.

La llamé a gritos pero no había nadie, el lugar en el que me encontraba estaba vacío, es decir, solo había una escalera y alrededor nada mas.

Me quedé sentado haciendo aquello que mejor sabía hacer que era esperar por Alicia.

Y pensé en los regalos que le haría por navidad y por sus cumpleaños y en las películas que veríamos juntos y en los paseos que compartiríamos las tardes de los domingos.

Y pensé en Alicia.

Y cuando quise pensar en mí no pude, porque yo ya era Alicia.

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