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La carta de El hijo de Sam

Publicado: 25 noviembre 2010 de trasho80 en Asesinos
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David Berkowitz, más conocido como el asesino del calibre 44 o El hijo de Sam, fue uno de los asesinos en serie más notorios de la crónica negra estadounidense.

Entre julio de 1976 y agosto de 1977, este hombre asesinó a disparos a seis personas e hirió a otras siete, manteniendo en jaque a la policía de Nueva York.

Tras ser arrestado, alegó haber asesinado siguiendo las órdenes homicidas a través de los ladridos del perro de su vecino, Samuel Carr.

Inventó otras historias similares relacionadas con el satanismo o extraños grupos ocultistas, pero la realidad era mucho más sencilla. Simplemente era algo que no podía ni quería evitar. Se trataba de un asesino en serie que disfrutaba con lo que hacía y que en ingún momento mostró ningún tipo de arrepentimiento.

En la actualidad se encuentra aún en la cárcel, tras haberse convertido al cristianismo más devoto, algo que suelen hacer este tipo de personajes para que este nuevo cambio espiritual les ayude en recursos de apelación o en libertad bajo palabra.

Uno de los aspectos más curiosos de esta historia, es el contacto que El hijo de Sam mantuvo con la policía a través de diversas cartas extrañas y repletas de mensajes satánicos que no hicieron más que acrecentar el pánico entre los ciudadanos de Nueva York.

La primera de ellas apareció muy cerca del lugar del crimen, a pocos metros del coche donde había realizado los disparos. Sus palabras, llenas de ira y confusión fueron publicadas en primera plana en todos los periódicos de la época:

 

Estimado capitán Joseph Borrelli:

Me ofende profundamente que en los periódicos me llamen enemigo de las mujeres, no lo soy. Pero soy un monstruo, un niño mimado, soy el Hijo de Sam.

A Sam le encanta beber sangre. Sal y mata, ordena el padre Sam. Detrás de nuestra casa descansan algunos, la mayoría jóvenes violadas y masacradas, su sangre derramada, ahora son sólo huesos.

Papá Sam me tiene encerrado en el desván. No puedo salir, pero miro a través de la ventana del desván y veo pasar a la gente. Me siento desplazado, yo soy muy distinto a los demás. Programado para matar.

Aunque para detenerme tendrán que matarme. Yo soy el monstruo, Belcebú, el monstruo gordinflón.

Me encanta cazar, rondar por las calles buscando blancos legítimos, debe ser por el agua que beben.

Yo vivo para la caza, me da vida. Sangre para papá.

Señor, yo no quiero seguir matando, no señor, nunca más; pero debo honrar a mi padre.

Quiero hacerle el amor al mundo, amo a la gente, no debería estar en este mundo. Devuélvanme a Yahvé.

Quisiera desearles una feliz navidad a todos. Que Dios les bendiga en este vida y en la próxima. Y por ahora me despido y les deseo buenas noches.

Policía, permitanme que les atormente con estas palabras:

¡Volveré!

¡Volveré!

Que pueden interpretar como: Bang, bang, bang, bang, bang-ugh!!!!!

Suyo en el asesinato.

Señor Monstruo.


Ocurrió en Los Ángeles, a principios de los años ochenta. Las denuncias por violaciones llamaron la atención de la policía. El violador entraba en casa de la víctima, la violaba con extrema crueldad y abandonaba el lugar con la misma tranquilidad con la que había entrado.

En un principio el asesino violaba y ocasionalmente robaba algo de valor. Con el tiempo incluyó el asesinato en su modus operandi.

Richard Ramírez era el nombre del asesino que fue bautizado por los medios como “El merodeador nocturno”. Buscaba casas apartadas en mitad de la noche para acceder a ellas y violar, torturar, matar y dedicar sus crímenes a Satán exclamando ¡Salve Satán! o dibujando pentagramas en las paredes.

Fanático del grupo AC/DC, mientras acechaba el lugar donde daría rienda suelta a sus impulsos homicidas, escuchaba este grupo en su walkman sin parar, incluso llegando al punto de cantar sus canciones mientras cometía sus crímenes.

Una de las víctimas supervivientes recuerda como le susurró al oído: Jura por Satán que no llamarás pidiendo ayuda.

En otra ocasión llegó a sacar los ojos de una víctima con un cuchillo de cocina y enviarlo al día siguiente a su domicilio.

En total, en dos años según las fuentes, mató a catorce personas y violó a otras nueve.

Fue identificado gracias a una víctima que se asomó por la ventana tras ser atacada y pudo reconocer su vehículo.

El automóvil fue abandonado por Ramírez pero la policía ya había tomado huellas y reconocido su identidad.

En aquel momento se encontraba fuera de la ciudad de Los Ángeles e ignoraba por completo que se había iniciado una búsqueda infructuosa.

Al volver a la ciudad casi fue linchado por unos transeúntes que le reconocieron en una licorería, curiosamente fue la policía quien salvó su vida. Al ser detenido le pidió a un agente: Dispárame tío, mátame, no merezco vivir.

En el juicio se mostró sonriente y en ningún momento dió señal alguna de arrepentimiento, la imagen en la que muestra orgulloso su pentagrama tatuado en la mano dió la vuelta al mundo, así como sus palabras cuando el juez dictó sentencia: Estoy más allá de su experiencia, más allá del bien y del mal. Las legiones de la noche, los engendros de la noche no repetirán los errores del merodeador nocturno y no serán piadosos.

En 1989 fue declarado culpable de todos los cargos (catorce asesinatos, nueve violaciones, cinco intentos de asesinato, dos secuestros, catorce allanamientos de morada, cinco robos y diversos actos de sodomía y felaciones forzadas) y condenado a muerte. Años después se casó en prisión con una chica a la que conoció por correspondencia.

Actualmente espera en el corredor de la muerte de la prisión de San Quintín.